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Todos los Belgranos posibles

El debut celeste dejó mucho más que el triunfo 2-1 sobre Rosario Central: dejó en claro que tiene capital para cubrir el amplio abanico que le permite jugar cuando se puede y arremangarse, cuando es necesario “trabajar” los partidos.

Opinión | Eduardo Eschoyez.

Franco Vázquez siempre será “El Mudo”. Ahorra palabras, pero se expresa donde más cómodo se siente: en la cancha. Se muestra para recibir, pisa la pelota, la muestra y la esconde, limpia la jugada desde la fabricación de espacios y genera aplausos que tienen mucho de admiración. En su mundo, el concepto de la velocidad es relativo, porque una cosa es correr más rápido y otra llegar antes.

Sabe perfectamente la diferencia entre frenar y acelerar, porque no necesita que le expliquen que una cosa es la pausa que acomoda ideas y otra, muy diferente, aprovechar los callejones, las marcas lentas o poner a sus compañeros ante la posibilidad de aprovechar una ventaja.
Vázquez pone en marcha el concepto de jugar cuando se puede y defenderse con la pelota cuando se apaga la luz. Todos lo saben, pero unos pocos pueden darle forma. La movilidad lo convierte en oxígeno para el defensor que necesita descargar y es el socio que necesita Adrián Sánchez para mover juntos la pelota sobre la idea de un ataque organizado. 


Cuando Vázquez sintoniza, no tiene límites e inspira. Su influencia en el juego activa a los que esperan que los lideren y pone a ese crack, que es el Chino (alias Lucas Zelarayán), donde debe estar: en tres cuartos de cancha, listo para romper una cintura y coquetear con el gol.
Cuando Vázquez muestra el nivel que dejó ver contra Central, Belgrano se permite la oportunidad de disfrutar de un juego de alto vuelo, que se asocia y encuentra hasta la virtud de defenderse con la pelota para atacar con imaginación y variantes. Eso pasó. Vimos un primer tiempo que dejó muchos ojos como el dos de oro.



El mejor refuerzo

Retener a Adrián Sánchez es, posiblemente, el mejor refuerzo para el equipo. A su influencia en el juego, en el ordenamiento correctivo de espacios y posiciones que después permite que se luzca el arquitecto Vázquez, Belgrano presentó apertura de cancha, muy buena circulación interna y coordinó sus movimientos ofensivos comprendiendo que el Uvita no es (ni debe ser) Lucas Passerini.
No se trató solo del resultado (1-0 arriba), sino del triunfo de una idea que en Alberdi enamora, pero es poco frecuente de ver: el Belgrano que gana por la demolición de su fútbol y el brillo colectivo, en particular de Vázquez y Zelarayán.


Entre Rosario Central y algunos desajustes en el medio de Belgrano, la historia encontró un epílogo más sudoroso, más angustioso, que estableció coordenadas diferentes. En el juego trabado, los desacoples y la sangre hirviendo, Belgrano se sintió cómodo para jugar de otro modo en el segundo tiempo, más austero en su relación con la pelota y más seguro en la lucha y el sacrificio. Hubo cambios posicionales que no lo favorecieron y llegó el empate 1-1. Debilitó sus fortalezas interiores, aisló a los que administraban la creación y expuso algunas limitaciones en los retrocesos. 


Entonces la historia se corrigió, como otras tantas veces: con el alma. El golazo de González Metilli acomodó los tantos, puso arriba al que lo merecía y le devolvió el alma a los 40 mil que rugían desde afuera. 


Todos los Belgranos posibles, quedaron en evidencia en la noche de Alberdi. El que puede jugar, el que sabe pensar, el que debe luchar y el que jamás se rinde. Los buenos jugadores permitieron que esa transición no dejara heridas profundas. Y que lo del primer tiempo termine siendo una vara alta, que habrá que poner como objetivo siempre que se pueda.

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