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La historia de Córdoba, contada desde el agua

Jerónimo Luis de Cabrera desobedeció al virrey del Perú buscando una salida al Atlántico. Fundó la ciudad en un sitio donde se juntaban dos cursos de agua. Cuatro años después, esa misma cercanía obligó a mudarla.

En 1571, el virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo, nombró gobernador del Tucumán a Jerónimo Luis de Cabrera y le dio una instrucción concreta: poblar y fundar en el valle de Salta un pueblo de españoles, que asegurara el paso entre el Perú y las provincias del sur.

Cabrera nunca cumplió esa orden. Entre las razones que la historiografía le atribuye, hay una que tiene que ver directamente con el agua: buscaba una salida al océano Atlántico que no dependiera de las rutas del norte. A eso se sumaba la búsqueda de tierras más fértiles y de un clima más benigno que el de Santiago del Estero.

Así, en junio de 1573, partió al frente de una columna de más de 100 hombres y avanzó hacia el sur, al territorio de los comechingones. Poco después, esa desobediencia lo llevaría a la muerte.

Quisquisacate: donde se juntan los ríos

El 24 de junio de 1573 la expedición llegó a la orilla de un río al que Cabrera bautizó San Juan, por el santo del día. Los habitantes del lugar lo llamaban Suquía. Con el tiempo sería conocido también como río Primero.

El 6 de julio, tras un primer intento de asentamiento, fundó allí Córdoba de la Nueva Andalucía. El acta, que aún se conserva, deja constancia del lugar: un asiento que en la lengua originaria se llamaba Quisquisacate.

El nombre no es un detalle menor. Significa, en idioma sanavirón, encuentro de los ríos: el punto donde el Suquía se junta con el arroyo de La Cañada.

Ese emplazamiento, en las actuales barrancas de barrio Yapeyú, tenía una lógica militar clara. Desde la meseta se dominaba visualmente el valle y las barrancas volvían el sitio prácticamente inaccesible por varios de sus lados. Los dos cursos de agua funcionaban como las murallas defensivas de las ciudades europeas

Córdoba nació, literalmente, entre dos aguas.

Lo que servía para un fuerte no servía para una ciudad

El problema apareció rápido. La vida urbana transcurría puertas adentro del fuerte y las ventajas defensivas del sitio empezaron a mostrar su costado inconveniente: la altura complicaba el riego, los vientos eran una molestia constante y el transporte de mercaderías se hacía dificultoso. A eso se sumaban las crecidas estacionales descontroladas de los dos cursos que rodeaban el asentamiento.

En 1577, apenas cuatro años después de la fundación, las autoridades resolvieron trasladar la traza urbana a la otra margen del Suquía. Allí, el teniente gobernador, Lorenzo Suárez de Figueroa, trazó el plano original de 70 manzanas en damero, sobre el que se levantan hoy el microcentro, el casco histórico y la Manzana Jesuítica.

El agua, que había definido el primer emplazamiento, definió también el segundo.

Cuatro siglos y medio después

Las decisiones que rodearon el nacimiento de Córdoba tuvieron al agua como protagonista: la que trajo a Cabrera hasta acá, la que definió dónde plantar el primer fuerte y la que obligó a mover la ciudad cuatro años más tarde.

El agua fue determinante desde el primer día de esta ciudad, y lo sigue siendo. Hoy Córdoba tiene más de un millón y medio de habitantes, y el agua que llega a cada hogar es un recurso tan valioso como hace cuatro siglos y medio. Por eso cuidarla es una responsabilidad compartida.

Más historias como estas en El Podcast del Agua de Aguas Cordobesas, disponible en YouTube y Spotify.

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