Florencia Peña no es lo importante


La actriz, devenida en comentarista de streaming, dijo que el papá de Messi había muerto y generó un estallido. ¿Qué nivel de responsabilidad le corresponde? Lo que deberíamos preguntarnos es cómo muchas personas llegan a disponer de un micrófono sin medir las consecuencias de lo que se dice.



Opinión de Eduardo Eschoyez (@eduardoeschoyez).

A Messi le han tirado patadas bestiales como para partirlo al medio y no lo tumbaron nunca. En el afán de destruirlo, también le han sacado el cuero porque, según los críticos del club del fernet, no sabía el himno y eso, según su tabla de valores, era lo mismo que renunciar a ser argentino. 


Además, en una interminable maratón para desarmarlo, lo castigaron cuando se decía que su juego con la camiseta albiceleste era un poco fiaca y, por supuesto, resultó imperdonable que no hubiera “ganado algo”. Todo, alineado con esa responsabilidad exagerada que en este país le asignamos al fútbol: así como antes le tocó a Diego, en los últimos años es el turno de Messi. Le corresponde hacer felices a todos, con su uniforme de gladiador de pantalón corto. Los que nacimos y vivimos en Argentina siempre tenemos a mano a un futbolista para esperar que nos libere de las angustias cotidianas.

En ese desafío permanente de la supervivencia, Messi ha resistido fusilamientos de diferentes especies, pero nunca le habían apuntado a este espacio tan sensible, para él y para cualquiera de nosotros, como lo es la familia. Es algo que, en algún sentido, tiene un nivel de inmunidad que se respeta. Y si no se lo hace, seguramente Lío, y todos los deportistas de elite, tienen la protección psicológica para evitar que los lastimen.


Hasta que cayó una bomba. La señora Florencia Peña, actriz devenida en comentarista de streaming, se animó a hacer público un dato que no pasó por ningún tamiz de la comunicación profesional: dijo que el papá de Messi había muerto. Desde entonces tiene el celu hirviendo para seguir pidiendo disculpas (y repartiendo culpas), sin que eso cure la consecuencia de sus palabras. Incluso, el dueño del canal donde Flor soltó “la primicia” salió apurado a desvincular a todos los implicados. Entonces, llegamos a la una instancia tan previsible como inevitable: el daño está hecho. Un perro puede estar vacunado, pero si le arrancó el brazo a alguien lo grave ya no es la infección.



El foco de la cuestión


Que Florencia Peña y el dueño del canal vean cómo salen de este laberinto, porque más allá del suceso, no son lo importante en esta cuestión. Desde la precarización de los medios de comunicación y la apertura a nuevas herramientas de difusión, nos hemos acostumbrado al “vale todo”. Hacerle una autopsia en vida a Florencia no va a solucionar nada porque, en realidad, lo que debería ocuparnos es cómo llegó a empuñar un micrófono y la confusión general que se alimenta con el tráfico de información que no se depura ni se piensa. Ella, como muchas otras personas que se escudan en el atrevimiento y la sonrisa, están legitimando un escenario nuevo en el que la calidad dejó de ser importante a manos de la cantidad. ¿Cómo distinguimos el éxito y el fracaso? Lo único valioso es medir todo en términos de visualizaciones, seguidores, deditos y corazones. Los posteos responden a una ingeniería carente de criterio periodístico, que solo busca armar bardo de cualquier cosa. 


No es un tema generacional, porque el paso del tiempo es inevitable y la comunicación va mutando, como pasa con muchas otras cosas. Lo que debemos revisar es el nivel de responsabilidad cuando se renuncia a la credibilidad, que va de la mano de la estatura profesional. Esto, si es que consideramos al streaming como un espacio de comunicación profesional, porque algunos pretenden serlo y se superan; otros, se dan por satisfechos con mostrar gente haciendo chistes.


Algunos editores de los medios de prensa dejaron de interesarse por los periodistas hace rato ante las dificultades de sostener las estructuras comerciales y periodísticas. Y pasaron a elegir socios con capacidad de autogestión para comprar / vender espacios, ofrecer publicidad y repartir porcentajes. Aclaremos: ninguna manera significa que eso esté mal, porque sin publicidad no habría periodismo. Pero se encendieron las alarmas cuando los méritos de un vendedor comenzaron a cotizar mejor, hasta desplazar del eje a los periodistas. 


Hoy, estamos en el tiempo de lo urgente, de lo que no ofrece ni pude pausa. Los emprendedores, voluntariosos y hasta hinchas que televisan charlas de amigos, se mueven a sus anchas en espacios comprados, sin límite ético (ni legal) alguno. 


Desde que se naturalizó el insulto y la provocación, la prensa convencional se hizo prima hermana de las redes sociales, un territorio salvaje que se desarrolló por otros caminos y hoy transita una avenida en común, en la que cuesta mucho distinguir si lo que brilla es oro. Mientras algunos resisten trabajando sobre los preceptos básicos del estudio, el respeto y el conocimiento, afuera, en la hostilidad del “sálvese quien pueda”, somos testigos de la transformación de la estética de los mensajes en una pretendida transgresión que eliminó el pudor y la vergüenza. 


En vez de considerar revolucionario capacitarse, hoy se elige poner los pies arriba de una mesa, gritar, provocar y sortear cosas. Hay que inventar peleas, así la gente “se prende”… Por eso, Florencia seguirá siendo Florencia y Messi, Messi. Lo grave pasa por otro lado y tal vez, no nos damos cuenta. El deterioro tan temido, está entre nosotros.

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