El campeón argentino tiene tonada cordobesa. Le ganó 3-2 a River en la final, pero más allá de eso, selló a fuego una manera de concebir el fútbol: si la historia manda que Belgrano juega con el alma, el título llegó confirmando que nada es imposible cuando un equipo jamás se rinde.
Opinión | Eduardo Eschoyez
Toda la patria futbolera ha sido testigo de la maravillosa lección de dignidad que ofreció Belgrano desde el fútbol, con valores que le permitieron enderezar un partido que se le escapaba y que podemos trasladar más allá de una pelota y una cancha. En Argentina de la esperanza, que tiene al laburante como referencia del esfuerzo, la integridad y la superación, Belgrano se dio el gusto de gritar campeón usando el overol más que un saco caro, sin perfume cheto y con la dosis XXL de orgullo de aquel que construye sus méritos a partir de asumir sus limitaciones.
En el fútbol no siempre ganan los poderosos. Esta vez, silenció la soberbia de los que subestiman a las provincias en todo y tienen serias dificultades para entender la vida más allá del Obelisco. Mientras los jugadores campeones regaban el Kempes con las lágrimas del festejo, en la TV Oficial seguían haciendo la autopsia futbolística del equipo que debió ganar la final y la perdió. No es que Belgrano la ganó… Y mientras medio River sigue llorando con una lupa a ver qué se puede reclamar para no aceptar lo que pasó, Córdoba proyecta al país una imagen conmovedora con la felicidad, el llanto, el abrazo apretado, de los que se animaron a soñar.
Encolumnados, adivinamos a muchos otros que ni siquiera son hinchas celestes, pero se contagiaron con la causa. Acá y allá, en una provincia y otra, seguro hubo muchos que se encendieron con la oportunidad de celebrar un reconocimiento que rompe los moldes y, definitivamente, es mucho más grande que la rivalidad. Y así como el Talleres del 77 y el Racing del 80 habían reunido el cariño de todos (o casi todos), hoy es Belgrano el que logra esta explosión que premia ir al frente, trabar con el alma y creer hasta el último instante, porque jamás hay que darse por vencidos.
Jugar y resistir
Sin circuitos de calidad para defenderse desde el juego, Belgrano fue músculo. Tuvo un buen arranque, pero rápidamente le costó un tercer pase y dependió de lo poco que pudo hacer el Chino Zelarayán, con la referencia de Passerini arriba. Perdió la pelota demasiado rápido y River se le vino encima con lo que se sabía: las triangulaciones, los pases rápidos y los cambios de velocidad en el ataque. Después de un par de llegadas claras de los cordobeses (cabezazo de Passerini y remate de Rigoni), River se sintió muy cómodo con los espacios y empezó a manejar también el resultado.
Mientras trataba de resistir ante el manejo de los chicos de River, Belgrano comprendió que debía jugar su rol. Con sus modos y sus fuerzas. Remontó dos veces la ventaja adversa (0-1 y 1-2) agachando la cabeza, yendo con el alma a cada pelota… Y selló el triunfo de manera épica, sobre el final, en una ráfaga del Uvita Fernández para meter el 3-2 apenas un ratito después de haber empatado.
Resiliencia
Cosas del destino: jugar a lo Belgrano es eso. Creer siempre. Soportar las tempestades esperando tiempos mejores. Confiar en lo que se tiene. Así como Francisco González Metilli renovó el crédito con la gente al marcar el gol del triunfo ante Talleres hace unos días, las últimas semanas pudieron reivindicarse otros dos futbolistas muy cuestionados, porque Lucas Passerini y Nicolás Fernández fueron determinantes ante Argentinos y ahora contra River.
Son muchos los factores que podríamos presentar para un podio. Desde la fiereza de los que defienden, la combatividad del medio, la sangre caliente que mueve al Chino Zelarayán, el fútbol inteligente que propone el Mudo Vázquez y la certeza colectiva sobre la manera de vivir la vida.
Difícilmente Belgrano será tapa de los diarios de Buenos Aires y está bien: es mucho más atractivo hacer el desguace a los clubes de la Capital Federal… En Córdoba deberemos valorar esta experiencia y hacerla rentable para abrir caminos cuidando y estimulando el prestigio que nace en los potreros. Porque cuando se juega con el corazón, no hay nada que un equipo no pueda lograr. A Belgrano nadie le regaló nada.



